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Christina Ricci
La princesa del cine indie es actriz desde los nueve años, tiene una conversación inteligente, es fanática de su privacidad y le gustan los retos... pero también es una chica que adora los dulces, la ropa de diseñador y los zapatos de Manolo Blahnik.
Ir de compras durante el día y posar para los paparazzi con un gran caffé latte en la mano, y en la noche andar festejando en los nightclubs muy bien acompañada... esa es la vida que muchos imaginan tienen las jóvenes de Hollywood, en particular al leer los tabloides. Pero Christina Ricci no es la típica actriz de 28 años, aunque se haya criado en Los Angeles. O quizás lo sea por eso.
Primero que todo, Ricci está actuando desde los nueve años. Segundo, la variedad de películas que ha hecho —desde The Addams Family hasta The Ice Storm, de Prozac Nation a The Opposite of Sex, de Monster y Black Snake Moan hasta las más recientes Speed Racer y New York, I Love You (una versión de Paris, je t’aime, que terminó de rodar recientemente en la Gran Manzana y se estrena a fin de año)— demuestra que es una de las actrices más versátiles de su generación. Su conversación también está cargada de matices. Puede ser muy seria... y muy “poco” seria.
Por ejemplo, ¿su idea de un weekend divertido? “En invierno, me encanta encerrarme en mi casa todo el día en pijamas, ver TV y pedir comida a domicilio”, dice entusiasmada. “En verano, me gusta ‘caer’ de visita en la casa de playa de algún amigo. No salgo mucho, por eso no me ven en los periódicos. Si los paparazzi me sorprenden, por lo general es haciendo alguna diligencia, y como piensan que soy aburrida, se retiran. No hago nada que sea escandaloso. Ya no bebo, porque soy muy pequeña y subo de peso. No voy a bares ni a clubes, excepto a celebrar algún cumpleaños. Y aun así, si se me hace difícil estacionar, me marcho. Tengo una amiga con la que veo el programa de TV Top Model, y también veo Lost con mi hermana y mi cuñado. Soy más feliz en casa que fuera. Hacer películas es algo muy intenso, y así se mantiene todo el día. Por eso, después me gusta retraerme”.
“Retraerse” significa retirarse a su casa en Los Angeles con sus dos perros. Si se pone a ver televisión sola, se inclina por algún crimen real de ambiente gótico. “Veo American Justice en A&E”, admite. “American Justice, historias de asesinatos, cualquier tipo de documental televisivo sobre gemelos que nacen unidos y los separan, cualquier cosa que tenga que ver con ciencia y genética. Entonces, cuando salgo, acabo hablando de autismo, vacunas, genes recesivos. Mando e-mails sobre estas cosas y en la casilla asunto escribo: ‘¿Necesitamos una nueva vacuna?’ La gente suspira y me dice: ‘¡Ay, Christina!’ ”
No parece que la extraña Ricci tenga algún romance por estos días, ni con su “novio intermitente” el actor Adam Goldberg, ni con ningún otro. “Uy, paso... ¡próxima pregunta!”, suspira. “Aprendí que no debes hablar de esas cosas, porque te persiguen. Yo hablaba de Adam todo el tiempo: ‘Mi novio esto, mi novio aquello’. A pesar de que habíamos hecho el pacto de no hablar sobre la relación en público. ¿Qué te puedo decir? Soy una chica muy tonta”.
Tonta o no, prefiere las citas tradicionales a las que están llenas de sorpresa. Le gusta “ir a cenar y después al cine”, anota. “Pero prefiero ir al cine primero. Es lo que llamo ‘conversación asegurada’. Se debe procurar tener de qué hablar. La incomodidad que se siente cuando sales las primeras veces no es nada divertida, pero si voy al cine, ya tenemos un tema”.
Si fuera a enamorarse de algún famoso, la lista incluiría a Johnny Depp y a Christian Bale. “Pero los conozco a ambos; por lo tanto, eso los hace perder su misterio”, comenta. “Los dos son hombres muy dulces. Y me caen muy bien sus parejas. Así que por eso siento complejo de culpa de que me gusten”.
Y, desde luego, ir de compras está en la lista de sus actividades favoritas. Quizás Ricci no vaya a clubes, pero eso no significa que descuide su look, ya sea para acudir a algún evento de alfombra roja o a una cena íntima. Hoy lleva su pelo lacio teñido de rubio. Y con sólo 1,52 m (5 pies) de estatura y una figura esbelta, que mantiene haciendo ejercicios con un entrenador tres veces por semana, puede darse el lujo de usar prendas ajustadas y sexy, diseñadas por Azzedine Alaïa, Riccardo Tisci (de Givenchy), Lanvin o Donatella Versace, todos amigos suyos. “Me encanta ir a curiosear a Barneys, en L.A.”, admite. “No debería ir con tanta frecuencia. Mis amigos diseñadores me regalan la ropa, así que compro zapatos. Soy la mejor amiga del departamento de calzado. Me gustan los Manolo cerrados, que no enseñen los dedos. En bolsos, me encanta Givenchy. Y ahora estoy obsesionada con mi bolso de denim negro de Louis Vuitton, que compré hace meses”.
Irse de vacaciones no es gran cosa para ella, porque viaja mucho promoviendo sus films. “Estuve en París por mi cumpleaños, promoviendo Penelope . Corrí a Ladurée a comprar sus galletitas, ¡son ricas! Me porto bastante bien en cuanto a la comida, y recientemente dejé la Coca Cola de dieta, que te drena el calcio del sistema. Pero soy fanática de los dulces y no veo cómo pueda cambiar”.
Con Speed Racer se puso en tremenda forma. Aprendió kung fu y kickboxing con los entrenadores de Matrix, y también a hacer planchas con un solo brazo cuando la retaron los directores del film, los hermanos Wachowski. “En el set, eres una más entre los chicos, y esta es una película de acción. Además, soy la más pequeña de cuatro hermanos, así que soy competitiva por naturaleza. Nunca paso por alto un reto”. Competitiva, sí; pero precavida. En unas vacaciones recientes en Hawai, se negó a nadar en el océano. “Les tengo miedo a los tiburones. Le temo a lo que no puedo ver; es pavoroso”, admite. “Nado en la piscina, algo que no es bueno para mi color de pelo... soy una chica coqueta”.
Chica... admite sin vergüenza. “No pienso en responsabilidades”, añade riendo. “Me ocupo de Ramón, mi bulldog francés, que pesa 3 libras... ¡y con eso basta!”
Cosmo/Merle Ginsberg


