Incesto en Austria
Esperaba que los residentes estuvieran avergonzados y no hablaran. Pero todo el mundo quería hablar. Todo el tiempo. Espiándome la computadora portátil, la gente incluso se me acercaba cuando estaba haciendo la fila para el baño o arrodillada en el pavimento buscando algo en mi bolso.
"Creo haberlo visto una vez," susurró una mujer mayor elegantemente vestida. "¿Ha visto a los niños? ¿Cómo lucen?" inquirió otro transeúnte.
Junto a la casa, los vecinos hacían cola para aparecer frente a las cámaras.
ESTRELLAS DE PAPEL
Hablé con gente en el vecindario de la casa de los Fritzl, sobre una calle bordeada por concurridos cafés, una florería y un salón de tatuajes.
Afuera de un centro comunitario, desgarbados adolescentes entraban y salían en fila, deteniéndose para pellizcarle la mejilla a un niño pequeño que los miraba con admiración desde la puerta.
Terra/Reuters
