El Mundo
Stephen Batte trabaja en una cantera bajo el sol ardiente, machacando piedras con un martillo casero para producir grava. Es una tarea cansadora, aburrida y peligrosa.
Stephen tiene 9 años de edad, y ha estado en la actividad desde los 4 años.
"La vida siempre ha sido dura aquí", dice en un susurro, colocando cuidadosamente una roca afilada antes de golpearla con precisión producto de la experiencia. "Pero desde que murió mi madre, ahora todavía es mucho peor".
Su madre, la mujer que le enseñó a cascar las rocas cuando era apenas un infante, murió aquí en agosto a causa de un desprendimiento de tierra y rocas.
Con la camisa desgarrada y los pies descalzos, Stephen es uno de cientos de personas que trabajan en la cantera en las afueras de la capital de Uganda, Kampala. Agobiados por el trabajo y con sus ropas raídas se les ve agachados sobre sus montículos de grava. El golpe del metal repercute rítmicamente sobre las rocas.
La mayoría de los trabajadores son refugiados que huyeron de una guerra civil en el norte de Uganda. Ahora ganan 100 chelines ugandeses (6 centavos de dólar) por cada balde de 5 galones que llenan con grava. Stephen trabaja 12 horas diarias para llenar tres baldes.
No hay código de seguridad ni ropa protectora. Los brazos y piernas de los niños están cubiertos de moretones por las rocas voladoras. Stephen dice que un amigo perdió un ojo.
El desprendimiento de rocas es frecuente. Stephen recuerda el que mató a su madre.
"Ella había salido temprano de la casa para trabajar", dice por medio de un intérprete. Su voz se quiebra. "No sabíamos que estaba debajo de las rocas... hasta que vimos sus sandalias".
Recuerda cómo ella le enseñaba machacar las rocas desde que era un infante.
"Me sentaba a su lado y me mostraba cómo sostener el martillo. No es fácil, y al principio yo me golpeaba los dedos y lloraba mucho. Mi mamá se ponía muy triste pero me decía que yo tenía que ganar dinero para comprar comida".
Ahora trabaja solo en la cantera y gasta sus magras ganancias en alimentos. Duerme en la choza desvencijada que solía compartir con sus padres y su hermanita. Dice que su padrastro los abandonó tras la muerte de su madre. La hermana, de 8 meses, fue puesta en un orfanato.
"Si me quedo en la casa me siento solo y tengo miedo de los recuerdos", explica el pequeño. "Por eso aunque estoy cansado cuando salgo de la cantera voy a jugar fútbol con mis amigos".
En lo peor del conflicto de 22 años entre el gobierno y un brutal movimiento rebelde llamado Ejército de Resistencia del Señor, casi dos millones de personas huyeron. La mayoría terminó en escuálidos campamentos controlados por el gobierno, pero grupos de defensores calculan que hay hasta unos 600.000 en las ciudades.
Una tregua ha permitido a muchos de los refugiados en los campamentos regresar a sus hogares con alimentos, herramientas y material de construcción suministrado por el gobierno y por grupos de ayuda. Pero los refugiados urbanos no llenan los requisitos para recibir asistencia y han permanecido sin registrarse e invisibles.
Cuando Musa Ecweru, el ministro de casos de emergencia, visitó la cantera, los trabajadores de asistencia tuvieron que ir a recibirlo hasta donde estaba su automóvil porque el conductor no podía encontrar el lugar.
Ecweru, habitualmente locuaz, pareció enmudecer ante el espectáculo con que se encontró, y tampoco pudo comprometer nada concreto. Admitió que el gobierno "podría no haber apreciado plenamente la magnitud" del problema, y prometió llamar la atención del gobierno sobre el caso.
Después distribuyó 30 dólares entre un grupo de mujeres y niños con quienes habló para que lo dividieran entre ellos.
Dos meses después de la visita del ministro, la situación de Stephen es la misma.
"Ojalá me pudieran ayudar", dijo mientras se palpaba la costra de una lastimadura en la rodilla, "pero no puedo ver ninguna otra vida para mí".
Terra/AP